El fin del blog (o cómo acabar de una vez por todas con el Jorobado)

El ánimo que motiva este blog es las ganas de joder, como dice la introducción del mismo. Responde sobre todo a un estado de ánimo que a un proyecto de largo plazo (es por eso que preferí un nickname antes que mi nombre propio). Ahora que ese estado de ánimo ya no está más, creo que ha llegado el momento de dejar este blog. “Todo tiene su final, nada dura para siempre”, dice la canción. Algunos proyectos duran toda una vida; otros, años; y algunos como éste ocho meses.
Me divertí muchísimo escribiendo, hice amigos que no me hubiese imaginado al inicio. También sé que generé antipatías, pero esas sí me las esperaba (y con ansias, de ahí que: “lo que tú me deseas, yo te deseo el doble”). Me dio mucho gusto que me leyeran, y que me contaran entre sus preferencias. Me sentí parte de la blogósfera peruana, y aprecié las simpatías de los dos bandos en la que ésta se divide (pero obviamente, me sentí más inclinado a uno de ellos). Hoy este blog, estimados lectores, llega a su final.
Que quede claro que El Jorobado finalmente fue un personaje que vivió al borde de la incorrección política, del odio al feminismo fácil, del asco al intelectual mediocre que tanto pulula en el medio, al izquierdoso incongruente, a la pose de utilería del cívico, que vivió también víctima de las ironías del amor imposible (el más bonito que haya habido), que buscó una síntesis entre humor negro, crítica social y ciencia política, y al que algunas veces se le pasó la mano. Pero que finalmente siempre invitó a ver todo ello con joda, con gracia, con humor, y por ello siempre me sorprendió la manera como muchos se lo tomaban a pecho, se lo tomaban personalmente, cuando sólo se trataba de arrancarles una sonrisa cachosa, cuando al primero a joder era yo mismo. Por eso quizás, vale la pena unas cuantas aclaraciones:
No soy Silvio Rendón. Me han acusado del “niño terrible” de las ONG, de parricida de la intelectualidad progresista del país. Cuando volví a Lima por unas semanas en Junio, algunos me miraron con recelo, con desconfianza, con decepción. Me vieron en el reflejo de Silvio Rendón (cuyas razones y/o paltas tendrá en su crítica obsesiva contra un sector de los científicos sociales peruanos), buscando explicar mi incorrecta actitud en un resentimiento (que no existe). Nunca falté el respeto a mis maestros (que lo serán toda la vida). Pero reconozco que no estuve exento de la lectura tendenciosa, de la interpretación equivocada, de los malos entendidos. Solo puedo decir que no busquen reproches donde sólo hay agradecimiento.
No soy Martín Tanaka. El blog sirvió para divulgar apuntes sobre análisis político y social (sobre todo alrededor de los temas de partidos políticos y conflictos sociales). Mi deformación profesional fue la culpable de mis contribuciones más académicas, de las aproximaciones más serias a la realidad social. Pero a diferencia de Tanaka, yo le rehusé a los debates sobre los grandes temas –la discriminación—o los análisis de coyuntura –la alianza apro-fujimorista--, y preferí la aplicación menos ambiciosa y más fiel a la ficha bibliográfica y a las lecciones de los nuevos profesores.
No soy Renato Cisneros. No pude resistir la tentación de la anécdota sentimental, a jugar con las ironías de los (des)encuentros personales y a ir componiendo crónicas anónimas que finalmente no fueron más que meras ficciones. Mis historias existen sobre todo en el papel y carecen de pretensión biográfica. No son narraciones épicas del conquistador de moda, sino memorias perfeccionadas a partir de la mirada nostálgica hacia el pasado imperfecto, que antes que lamentarse en el “what if”, prefiere arrancarle a la vida una sonrisa irónica y seguir para adelante.
No soy Lizandro Meza. En mi fascinación por la incorrección política, busqué provocar a los cánones feministas, a los árbitros de la equidad de género. Nuevamente, muchos tomaron a pie juntillas mis impostados malos modales y tradujeron la joda en un rechazo total hacia mí (olvidándose por completo que finalmente el Jorobado es un personaje). Solo puedo decir que mis amigas saben que soy de los que prefieren la confidencia con una mujer, al gileo a una “hembrita”.
Ha llegado la hora de concentrarme en ocupaciones más académicas. Tengo otros proyectos en mente que, a su debido momento, aparecerán. Quizás más adelante retome el Jorobado (probablemente bajo otras modalidades). Por ahora, llega una etapa de retiro y silencio, siempre necesaria.
Quiero agradecer a los que de algún modo fueron cómplices de esta experiencia. A PaOlo que fue la primera persona en sugerirme la idea de comenzar (y quien dudaba que el final iba a llegar). A la camarada Lulú, mi querida ex roommate, cuyas conversaciones sobre un diccionario de lengua extranjera llenaron de ilusión la casita de Cripe Street. A Martín que sufría con cada incorrección mía. A los alumnitos (a los sinceros y a los malagradecidos) que siguieron fielmente mis crónicas (incluso más disciplinadamente que las prácticas). A los “caseros” que generaron más de un debate y que no los nombraré para evitar ser injusto con alguno. A los amigos (los nuevos y los de siempre) en cuyas ocurrencias hallaba inspiración; a los que perdí, a los que recuperé (gracias Zambito por el montaje de la foto). Al lector anónimo. Pero especialmente a mi lectora favorita, lejos de la cuesta que me llevaba a su casa, lejos de su candela.
Nos vemos y gracias por visitar mi blog.
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