Maldita herencia: operadores políticos y Estado
Como politólogo, uno de los aspectos que me interesa conocer sobre los dirigentes de movimientos sociales y políticos es el contexto en el que fueron socializados políticamente, en el que aprendieron y desarrollaron sus habilidades políticas, si éstas han sido a través de partidos políticos, de movimientos radicales, de dirigencias sociales gremiales, o simplemente de fuera del sistema. Mientras que miradas psicológicas se centran en la mirada o en los lapsus (Bruce), y la mirada antropológica en la socialización primaria y el entorno cultural (los que hablan de las particularidades de las comunidades nativas de la selva), creo que hace falta llamar la atención con los factores contextuales que han intervenido en la trayectoria política de los dirigentes de los movimientos.
Liderazgos como el de Alberto Pizango fueron formados bajo contextos despartidarizados, herederos de la violencia política y procesados bajo el autoritarismo clientelar del fujimorismo. Mas allá de las particularidades culturales del mundo amazónico (creo que los antropólogos se quedan chicos en esto), tenemos que entender el legado de una socialización política sin partidos (y de movimientos independientes): no se rinden cuentas, no se construyen rutinas para la negociación, no se respetan los cánones de la política institucionalizada. Esto va más allá de “chunchos incivilizados” sino que llega hasta el propio Congreso de la República. La herencia de la violencia política se manifiesta en el facilismo por los discursos radicales, por la gratuidad irresponsable de llamados a la “insurgencia”, la provocación en la punta de la lengua, la violencia como el reflejo para procesar la injusticia. El autoritarismo clientelar se expresa en la apelación a un pragmatismo simplificador que postergar la solución definitiva de las demandas, a la irreflexión, al personalismo exacerbado, a la ausencia de la consulta, del respeto al punto de vista del otro. Pizango y muchos de los dirigentes sociales de un país movilizado a punta de bloqueos fueron formados políticamente bajo estos cánones herederos de un país sin acuerdos institucionalizados y con la tentación autoritaria (y violenta) como una suerte de auto-reflejo político.
Pero los operadores políticos no son los únicos “beneficiados” de la herencia de las últimas tres décadas. También lo es un Estado cuyo reflejo es la represión. Se confunde orden con mano dura, autoridad con militarización, gobierno con balas. El Estado también responde a punta de toques de queda, de estados de emergencia, de chuponeos, de ponerse como parte y no como lo que es: el gobierno de todos los peruanos, inclusive de los que protestan.
Los que se computan progresistas dentro del gobierno (y a los "caviares" fuera de él) van creando “mesas de diálogo” y “comisiones de alto nivel”, pero finalmente son soluciones ingenuas, corto-placistas, inútiles bajo las herencias (en los operadores y en el Estado) mencionadas. En cada Comisión Alto Nivel, en cada Mesa de Diálogo, el Estado se va saboteando a sí mismo, va creando instituciones paralelas, para-estatales (alguien me dice cuál es el sustento legal de una Comisión de Alto Nivel?), que hasta podrían tener un efecto positivo en el incremento de la conflictividad: ahora todos quieren patear el tablero para conseguir sentarse en la avenida 28 de Julio. Un diálogo sin instituciones (carajo, tanto consejo de coordinación regional, local, presupuesto participativo, mesa de lucha contra la pobreza por las huevas) es un país que va a seguir teniendo Arequipazos, Moqueguazos, Baguazos, las mismas portadas en el kiosko de la esquina cada vez que regreso a Lima.
Ps. Entrevista que tuve con Marco Sifuentes, desde la comodidad de Lima (por lo menos mas cerca, no? antes lo hacia desde Indiana). Para los criticones: pronto desde el mismo lugar de los hechos.
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